Cuando escucho a alguien decir que la poesía es difícil de leer, me vienen a la mente ciertas ideas, ciertos recuerdos. Pienso, por ejemplo, en mis estudiantes, que con frecuencia leen o escuchan poesía con inseguridad, convencidos de que la opinión, la interpretación que hacen del poema es errada y prefieren callar. Me recuerdo a mí misma, de quince años, escribiendo los cinco escasos poemas que he escrito en toda mi vida, y abandonándolos por la firme convicción de que el verso no era lo mío.