El 9 de mayo de 1986 no murió solamente una empresa. Aquella fecha partió en dos la memoria industrial de Monterrey. Ese día, en un juzgado lejano de la capital del país, se decretó en frías hojas judiciales la quiebra de la gigantesca Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey. Pero mientras en los escritorios gubernamentales se hablaba de deudas, productividad y tecnología obsoleta, en el norte del país se apagaba algo mucho más profundo: una forma de vida.